Por: Gabriela Jiménez Ramírez
(Caracas, 5 de mayo de 2026).-Durante décadas, la ciencia abordó la alimentación humana como un proceso dominado por la voluntad, la cultura y la necesidad energética.
Sin embargo, investigaciones recientes difundidas por National Geographic invitan a replantear esta narrativa con una hipótesis: nuestras elecciones alimentarias podrían estar parcialmente orquestadas por los microorganismos que habitan en nuestro intestino.
De acuerdo con el portal, el intestino humano produce aproximadamente el 90% de la serotonina del cuerpo, un neurotransmisor estrechamente vinculado con el estado de ánimo y el apetito.
Lo que resulta crucial es que esta producción no ocurre de manera aislada, los microbios intestinales intervienen directamente en ella, modulando la disponibilidad de compuestos como el triptófano, precursor esencial de la serotonina.
Uno de los estudios, realizado en 2022, consistió en trasplantar microbiomas de animales con dietas distintas, carnívoros, herbívoros y omnívoras, a ratones libres de bacterias intestinales.
El resultado de esta investigación demostró que los patrones alimentarios de los ratones no replicaron los de sus «donantes», sino que emergieron preferencias inesperadas, como una mayor inclinación hacia proteínas en aquellos con microbiota de herbívoros.
Otras hipótesis señalan que ciertas bacterias podrían favorecer su propia supervivencia induciendo antojos específicos para así alterar los receptores gustativos o interfiriendo en señales nerviosas, debido a que algunas bacterias patógenas son capaces de modificar el comportamiento de sus huéspedes para facilitar su propagación.
Un nuevo estudio, presentado el año pasado, reveló que Bacteroides vulgatus, una bacteria conocida por su producción de ácidos grasos y su uso potencial como probiótico puede reducir el deseo por el azúcar en modelos animales.
Para esto, la bacteria activa la producción de GLP-1, una hormona implicada en la saciedad y utilizada como diana farmacológica en tratamientos contra la diabetes.
Reducir la conducta alimentaria a una cuestión microbiana sería un error. Factores como el entorno social, la educación, la disponibilidad de alimentos o las tradiciones culturales desempeñan un papel determinante.
En este diálogo constante entre lo humano y lo microscópico, el deseo deja de ser una expresión puramente individual para convertirse en un fenómeno compartido.
Estos hallazgos se suman al conjunto de investigaciones que destacan la interacción entre el intestino con nuestras conductas, abriendo nuevas líneas de interés para la comunidad científica venezolana, ya que este conocimiento ofrece una base prometedora para desarrollar avances que mejoren la salud humana.
Mincyt/Prensa