Por: Mariajosé Escobar
Hoy la esperanza
Hoy la esperanza renace entre las piedras
se llama Juan David, Loly, Nancy
Hoy somos un solo corazón que busca
que abraza
que levanta
que sostiene
Hoy somos esa niña
El cuerpo de su madre la salvó de la muerte
fue escudo humano
Hoy su muerte
se queda en nuestro pecho
en ese ahogo de no saber por alguien
en esta duda de si estará bajo los escombros
Metal, piedra, hormigón, ladrillo
todo ello se aparta con manos sangrantes
Metal, piedra, hormigón, ladrillo
hay que removerlos con cuidado
para que no colapse la estructura
bajo la cual un grito
o una sonrisa
o una mano siquiera
Metal, piedra, hormigón, ladrillo
el peso de cientos de edificios
se me sube al cuerpo en la noche
cuando pienso en sus miradas
bajo un cartel que dice «desaparecido»
He de llorar cada muerte como si fuera mía
he de sembrar sonrisas donde hoy hay llanto
he de abrazar cada herida como si fuera propia
porque hoy somos un solo cuerpo
que renace entre las piedras.
Por: Osmany Barreto Ledezma
El pulso detenido
Es una gravedad absurda, ¿sabes?
En este lugar sitiado por la noche,
donde los relojes ya no quieren marcar las seis de la tarde,
vuela un colibrí.
Tiene las alas tan inquietas que parecen un olvido urgente,
un borrador de pájaro buscando el néctar de aquellas flores amarillas,
las que crecían en tu patio antes de que te fueras.
Pero el juego ha cambiado, mi pana.
Míralo. Ven. Olvidemos la altura. Ahora sus alas sueñan con la tierra.
Cada intento de volar es un dolor exacto, una aguja en la memoria, ese sismo eterno que se anidó en la garganta.
Y nos quedamos mudos,
porque entendimos, tarde como siempre,
que el silencio es desamor.
Solo nos queda bajarnos del mundo un rato
y ponernos a recoger el arcoíris del suelo,
como quien junta los vidrios rotos de una tarde en que la fe, como ave muerta, se desplomó.
¿Qué nos queda entonces? No mires arriba. El cielo hoy es una mentira. Hay que agacharse, mi amor. Hay que aprender el arte del fénix. Solo queda ese charco de aceite entre las ruinas y la luz donde el final de aquel día se quedó atrapado para siempre.
Por: Celia Alviarez
El terremoto dejó un dolor de fondo, un bajo continuo y disonante que nos aturde hace ya varios días, dificultando cada aliento. Toda risa lleva detrás el dejo triste. Toda alegría pide permiso antes de entrar y llega con vergüenza. Qué fácil se confunde nuestro corazón humilde, pensando que no hay derecho a ser feliz porque ellos ya no ríen, ya no sueñan, ya no son. Se nos murió un pedazo con cada vida apagada bajo los escombros. Nos preguntamos cómo es posible seguir en este cataclismo, con tanto hueco y tanta ausencia.
Aún nos tiembla la alegría. Hay réplicas del sismo que se expanden desde el suelo profundo de la patria hasta los párpados hinchados. Sin embargo, seguimos acá, empeñados en florecer como los retoños que brotan fracturando el cemento. Porque sí, morimos un poco con cada vida sesgada. Se nos derrumbó un pedazo que nadie podrá medir jamás, pero también es cierto que estamos comprometidos a hacerles un refugio de vida en nuestras vidas. Que nuestra risa sea su risa; nuestra mano, su herramienta; nuestro aliento, su oxígeno. Que nuestros logros sean su honra, nuestra memoria sea su nombre y nuestro inquebrantable empeño de vivir sea un monumento a aquellos que permanecerán, eternos e inmutables, dondequiera que nos alumbre el porvenir.


